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02 junio 2008

Salto al Vacío

1.1 EL SALTO AL VACIO

En todo proceso de diseño existe un momento en el cual toda información recabada de las más distintas fuentes (que acotan y califican el problema o la necesidad a resolver con el objeto a diseñar), más todo lo que el diseñador piense o crea con relación al problema, necesita inexcusablemente concentrarse en una forma.

La definición de la estructura formal se transforma así en el momento crucial, en el que un sistema de coordenadas prestablecidas (muchas de ellas en un orden exclusivamente teórico), debe comenzar a traducirse en una forma con fisonomía y existencia física precisa. Todos los datos concretos y las necesidades fundamentales, insertos en el marco referencial ideológico del diseñador (y en su medio), exigen de aquél una acción responsable que concluya en una respuesta formal, coherente y eficaz.

Es el momento de la definición

De sobra sabemos cuántas dudas asaltan al espíritu cuando con claridad, exactitud y precisión, debe fijar los límites de algo. Toda definición involucra una opción meditada, un acto de fe, y consecuentemente, el rechazo y la supresión de otras opciones que pudieran ser paralelas al mismo fin. Definir es comprometerse vital y emocionalmente con el camino elegido, y por consiguiente reclama un trabajo de profunda interioridad, para que en un estado de pureza y autenticidad sea posible (a la doble luz de conocer al hombre y su necesidad, y conocerse a sí mismo), decidir y determinar, despojado de cualquier tipo de prejuicios, modas e intereses ajenos al problema.

Así pues, en el momento de configurar su creación, el hombre también está solo; su acción tiene que llenar una expectativa con una forma operante y expresiva que le sea fiel traducción de un concepto.

Los nombres con que frecuente y erróneamente ha sido llamado este momento (salto al vacío, salto a lo desconocido) contribuyen a crear confusión sobre la esencia del acto.

Vacío, en su sentido lato, es algo totalmente falto de contenido y desconocido, es algo existente que nosotros ignoramos.

El paso al diseño no debe darse jamás sin la carga previa de todos los contenidos posibles, y no para adquirir una realidad prexistente, sino para crearla, extrayéndola de aquellos contenidos y de la estructura individual, como ser humano, del diseñador. Con tal enfoque, el mentado salto se transforma en un sumergimiento en la realidad racional e irracional del propio diseñador, para adquirir en tal viaje lo único que le es posible producir: la personal respuesta de un hombre integral al problema planteado.

Para este difícil momento se han buscado afanosamente, a través de originales e ingeniosos sistemas y metodologías, ayudas, directivas, recetas, etcétera (que implican a las máquinas y a las ciencias) sin que hasta la fecha ninguno de los estudios realizados pueda aportar una solución o teoría válida completa.

1.2 CAMINOS DE LA CIENCIA

La etapa del proceso en la que se determina la apariencia formal adecuada de un diseño (objeto, casa, ciudad, entorno ambiental humano) es sin lugar a dudas, la zona del problema general menos transitada por teóricos e investigadores.

Quizá contribuya a ello el hecho de que en la misma, en lugar de estadísticas coeficientes matemáticos, principios físicos, etcétera, se debe trabajar con parámetros imposibles de manejar cuantitativamente con rigurosidad científica.

Al decir “rigurosidad científica”, indudablemente he pensado en algo muy preciso y definido, en algo cuantitativamente enunciable, lo que en realidad implica adoptar desde un comienzo un enfoque muy limitado y anacrónico de la ciencia, que es preciso actualizar, porque es el caso que la ciencia de nuestro tiempo es otra cosa.

El hombre común relaciona la ciencia con la búsqueda de hechos exactos Lord Kelvin decía “Sí puedes medir aquello de lo que hablas y expresarlo en números conocerás algo del sujeto: si no, tu conocimiento es vago e insatisfactorio”.

Eso sucedía hace aproximadamente cien años, cuando exactitud y medición eran sinónimos de ciencia. Hoy naturalmente, exactitud y medición permanecen como factores necesarios, pero solamente aplicables al material más grosero de la ciencia: el objeto más profundo y fino del científico contemporáneo es hallar relaciones que ordenan y vinculan este material burdo; la forma propia o estructura de esa materia prima, en la que después habrá de realizar mediciones.

Actualmente nuestra preocupación fundamental no son los hechos en sí, sino sus relaciones; no buscamos su aritmética sino su geometría topológica; no la descripción del fenómeno inerte, sino la dinámica del proceso, la interacción de los factores que producen nuevas estructuras; en una palabra, desentrañar la profunda génesis de la Arquitectura de la Naturaleza. Esta preocupación no es, desde luego, un patrimonio de nuestro tiempo.

La mente primitiva prestó fundamental atención a las continuas transformaciones de la naturaleza y la vida. Su respuesta fue la invención de mitos de regularidad y orden cíclico, medidos en ritmos temporales (crecimiento y decadencia, ciclos lunares, de fertilidad, etcétera).

Paralelamente, la idea del espacio surgió sustancialmente, ligada al sujeto y se expresó en la forma y espacio totémico. Si continuáramos la indagación histórica sobre el concepto de la esencia y estructura del universo en la mentalidad del hombre, nos llevaría por apasionantes caminos, a través de los griegos con sus principios formativos únicos y lógicos, a los renacentistas, que buscaron el interno mecanismo, la anatomía del mundo, su orden y armonía, etcétera.

En un momento dado el interés del hombre se centra en detalles aislados y manifestaciones parciales, intentando extraer de ellos la verdad literal y precisa del mundo material visible.

De la exacerbación de este aspecto (que en muchas mentes se prolonga hasta nuestros días), surge la idea de la necesaria y rigurosa exactitud de la ciencia y, como secuela, la deshumanización del científico.

La posición actual del científico trasciende la escala de la estructura mecánica para llegar a la escala atómica, donde las unidades o partes del todo casi han perdido su significación individual con relación al modelo estructural al cual corresponden.

Por otra parte, la ciencia presta, cada vez más, una especial atención a la complejidad de la Naturaleza. Los científicos entienden hoy, sin prejuicio alguno, que orden y desorden están igualmente comprendidos en ella; lo irracional resulta muchas veces una insospechada fuente de ricos recursos.

Como consecuencia de esta liberación de la obsesiva y occidental preferencia por el orden, se han logrado una mayor objetividad y una dimensión más profunda trascendente en las búsquedas.

Respaldados por este concepto contemporáneo y humanista del camino de las ciencias, afrontar un problema como el que nos preocupa, a través de vías poco mensurables, de manera alguna nos aleja de una fundamentación científica, sino que puede aportar una nueva dimensión que destruyendo el enfoque esquemático y parcializado “cómodamente conocido” (desde donde generalmente se parte), abra y despeje nuevos caminos hacia una comprensión integral de las profundas y auténticas necesidades del usuario, a quien está destinado a servir el diseño.

Distintos aspectos de las llamadas ciencias del hombre (antropología cultural, sicofisiología de la percepción, actividad de la imaginación creadora, desarrollo del instinto lúdico, estructuración de la personalidad, sicología de la conducta, etcétera) ofrecen conocimientos que nos permitirán acercarnos un paso más al conocimiento del hombre genérico como especie. Naturalmente, los contenidos de estos estudios muchas veces se superponen o complementan y a veces se oponen.

La definición de tal problema corre por cuenta de los especialistas de cada disciplina, pero para la acción específica del diseñador, esta visión múltiple le acerca a la comprensión del fecundo substractum del subconsciente humano, cuyas posibilidades y riquezas, podríamos decir, aún no han sido utilizadas.

El homo sapiens resulta así una especie biológicamente inmadura; según afirma Koestler sólo ha desarrollado de un 3 a un 6 por ciento de las capacidades latentes de su cerebro.

El incremento de este desarrollo está relacionado fundamentalmente con una depuración en la estructura de ser (deformada generalmente por la aceptación automática de principios prestablecidos) y con el rescate de la riqueza de los conocimientos inconscientes, verdadero depósito generador de la especie, que espera su oportunidad de manifestación.

Cuando ello se produce, producto de la interacción externa de estímulos con la capacidad latente del individuo, surge lo que llamamos descubrimiento o creación.

No se quiere significar con esto que la creación sea un acto exclusivamente irracional, sino que una serie de procesos inconscientes (donde se nutren las facultades inventivas y creadoras), servidos y controlados por la protección y aporte de la percepción superior y del pensamiento racional.

1.3 ACTITUDES FRENTE AL CONOCIMIENTO

Sin importar el aspecto cronológico, los pensadores de todos los tiempos han perseguido la búsqueda del conocimiento con actitudes o por vías coherentes con su personalidad. Estos pensamientos pueden polarizarse básicamente en dos actitudes antagónicas: analítica y global.

Quienes proceden con una tendencia analítica o atomista, valorizan esencialmente la exactitud, la minuciosidad, la determinación, el espíritu clasificador y preciso. La tendencia globalizante u holística, en confrontación, aparece como más vaga e intuitiva; concibe el organismo como modelo de relaciones armoniosas que integran la totalidad; aspira a la forma final, al orden y la unidad. Salvo excepciones, el conocimiento humano se ha enriquecido a través de los siglos, en un parcializado vaivén de oposiciones.

El enfoque moderno, enemigo de dicotomías de tensión, integra los dos procesos, que si bien en sí son indiscutibles y fecundos, resultan fragmentarios para una más integral compresión de la experiencia humana.

La búsqueda de la concreción formal de un problema de diseño ha sufrido también esas oscilaciones según sea el temperamento de los teóricos que han enfocado el problema.
En una de las conclusiones del simposio de Portsmouth se patentizan los valores negativos de esta dualidad: “quien tiende a trabajar sólo con imágenes visuales es propenso a errores de importancia -evasión de la realidad- pero aquel que sólo construye esquemas, que sólo trabaja con abstracciones matemáticas, queda igualmente expuesto a la equivocación. Las evidencias que se desprenden de la conducta humana, quedan sumergidas en una maraña arbitraria de procesos intelectuales”.

Así pues, el problema de la definición formal de un concepto arquitectónico se halla fijado por la participación armónica de estas dos actitudes: la atomística, en un proceso de análisis controlable y codificable y en una etapa de verificación posterior; y la holística, que aparece como la particular actitud personal o idea generadora que, acompañando y respetando todo el proceso anterior, se expresa finalmente en una forma concreta, como la respuesta elaborada por su creador.

1.4 CONCEPTO DE FORMA

Antes de continuar conviene detenerse para aclarar el alcance del término Forma y explicitar su significado, porque la palabra tiene connotaciones tan diversas, según los momentos históricos, que muchas veces por esta polivalencia del término desafocamos el problema. Rastrear estos significados en Platón, en los Escolásticos, etcétera, representaría casi una revisión completa de la historia del hombre, de tal manera éste se halla consustanciado con el espíritu de las formas.

La acepción más actual se liga al concepto de estructura, generado a principios de siglo, como una de las ideas más significativas de nuestro tiempo.

Entendemos por forma la configuración espacial que comprende una estructura interna, una pauta estructural subyacente, más importante que sus componentes, los que por sí mismos carecen de individualidad.

Toda definición es necesariamente esquemática y presenta, además, aproximaciones con otras definiciones anteriores que pueden considerarse hitos en el camino de la búsqueda de la idea de forma.

La definición que presentamos pone su acento diferencial en la hegemonía de la pauta estructural subyacente, que define el resultado. Sin atender a un aspecto configuracional convencional o prefijado, el resultado emerge como la satisfacción plena de las exigencias que esta pauta requiere.

De tal manera que para dar forma a cualquier cosa, es absolutamente necesario entrar previamente en relación con sus pautas íntimas. Es éste el momento del diálogo entre nuestro propio proceso (el proceso estructurante de nuestra personalidad, de nuestra conducta) con el proceso que nos propone el mundo exterior a través del problema para el cual debemos hallar su solución formal; esta compenetración de las pautas sólo puede tener como resultante la resonancia emocional.

El entablar una relación profunda con el problema enfocado, en busca de su estructura, provoca inmediato eco en nuestro propio proceso vital, despertando nuestras emociones, ya que el hombre es también una forma cambiante en el universo de las formas, que se mueve en una aspiración hacia el orden y la unidad a través de principios opuestos.

Esa vibración emocional, que se despierta por la interacción de las pautas de cada proceso creativo, es la que califica individualmente las soluciones de cada diseñador, haciendo de su obra, básicamente, una respuesta expresiva.

Heidegger, al hablar de la obra de arte, la plantea como una fundamental experiencia de descubrimiento, como una manifestación de apertura del Ser, que emerge en una forma donde se identifican el “Physis” con el “Logos”, alcanzando así un estado de armonía y belleza.

Los griegos, por su parte, no tenían una palabra especial para significar arte o arquitectura, dado que no concebían el arte como algo separado de una aprehensión de la realidad; por eso “Techne” no es ni arte ni tecnología, sino conocimiento y habilidad para planear y organizar libremente una creación, en la que no sólo es importante que la obra esté bien hecha, sino que a través de ella, el Ser se manifieste.

En conclusión, entendida así sin anacrónicas ni superficiales connotaciones de gratuidad, distracción, goce o adorno, es lícito entender la generación de la forma arquitectónica, de la misma manera que la forma artística, emergiendo a través de un largo proceso de que comprende, desde el inicial uso diestro del instrumento y la materia, el refinamiento de la solución hasta su grado máximo de eficiencia, y el avance de este refinamiento hasta concretar la forma trascendente y expresiva. Esta etapa es fundamentalmente para dar completa satisfacción a las necesidades del hombre integral.

1.5 PERSONALIDAD Y CREACION

A la luz de los estudios realizados sobre el tema, podemos considerar el concepto de personalidad como una organización particular o específica de sistemas de conductas que caracteriza a un individuo; esa conducta posee una cualidad unitaria o continua a lo largo de toda su vida y todas sus acciones, de tal, suerte que las situaciones problemáticas o conflictivas provocan en el individuo reacciones o motivaciones que si bien pueden llegar a tener un carácter genérico (dado que el individuo pertenece a la especie, al tiempo, al lugar, y a las circunstancias culturales), adquieren connotaciones particulares en cada ejemplar, relacionadas con la conducta propia de su personalidad.

Siguiendo este pensamiento podríamos decir, pues, que la personalidad es una forma particular de expresarse, reaccionar, manifestarse y actuar, en la que confluye una larga cadena de experiencias: desde aquéllas de carácter atávico que hereda el individuo como miembro de la especie, pasando por las experiencias comunes o generacionales de su momento y circunstancias históricos hasta sus experiencias particulares de ejemplar individual.

La Sicología moderna explica que existen experiencias ancestrales de carácter muy general, tanto, que olvidan su carácter inicial empírico.

“Los acontecimientos o fenómenos que nos preocupan -dice Michette- responden a grandes categorías del pensamiento; casualidad, sustancialidad, etcétera. Estas categorías se encuentran prefiguradas en el plano perceptivo previas a la adquisición de al experiencia individual, lo que asegura su universidad y constituye el punto de partida de los conceptos fundamentales del pensamiento”. No olvidemos que la idea de la tridimencionalidad del espacio existe estructurada como preconcepto de tipo ancestral, aun en el ciego nacimiento. Esta se enriquece y completa posteriormente por otras vías de experiencia, pero permite un plano común básico de comunicación con el vidente. Así Piaget, al definir la concepción del espacio, la califica de intuitiva, fundamental e infralógica.

Sin embargo el mismo Michette, a través del estudio de distintas experiencias llevadas a cabo en laboratorios, arriba a la conclusión de que el aprendizaje individual llega a modificar sustancialmente estructuras funcionales congénitas. Esta experiencia personal tiñe, pues, de sentido particular a las primitivas estructuras y es el origen inexcusable de las respuestas individuales del sujeto, que expresa a través de ellas su propia personalidad.

Decidir una acción implica un sistema de comportamiento personal; estructurar una forma lleva involucrada una determinada forma de conducta del realizador. Analógicamente podríamos decir que, en el proceso dinámico correspondiente a la búsqueda por hallar la solución formal de un diseño, ésta se definirá -de entre todas las posibles- por aquella que gratificando plenamente la necesidad del problema inicialmente plante represente al propio tiempo la particular elección que acuerda con la personalidad del diseñador, con su conducta.

No debemos ver, en esta suerte de predeterminación formal, ningún tipo de limitación a las posibilidades de solución del diseño, sino interpretarlo sólo como un registro dentro del cual está comprendido en tono de voz de quien enuncia la respuesta. Representa, por lo contrario, una expresión de absoluta riqueza de la innumerables y variadas posibilidades originales y creativas que posee el ser humano (y por consiguiente la posibilidad de creación formal), para dar acabada satisfacción a una particular necesidad de un determinado individuo.

Así pues, en el momento de definir una solución, en el momento de la creación formal, si bien el creador está solo, esta soledad no representa aislación, dado que convive con él, como pulsiones desencadenantes de su subconsciente, todo el universo ancestral y presente (genérico y particular), a través de cuyo tamiz irá emergiendo la forma perseguida.

Por eso no debe preocuparnos que esta fundamental etapa del diseño no pueda ser absolutamente codificable y transparente, desde el momento que podemos actuar antes y después, en forma precisa y rigurosa -atomística- para los aspectos cuantificables, y en forma de apertura, enriquecimiento y amplitud -holística- en los aspectos propios del humus cultural, en el activo irracional de la especie.

La experimentación y canalización de ese principio exuberante, turbulento, fantasioso, espontáneo y expansivo propio del instinto lúdico; los estudios relacionados con la estructura de la personalidad, las ciencia de la conducta y la sicología experimental, el redescubrimiento del símbolo y el lenguaje simbólico, el origen de las creencias míticas, las concepciones del tiempo, del espacio y del hombre, que brinda la antropología cultural; y por último, los estudios relativos a la imagen y apariencia de los esquemas corporales, los complejos mecanismos y procesos de nuestro sistema neurofisiológico en la computación que realiza el cerebro de las informaciones recibidas, constituyen todo un sistema de conocimientos vitalmente interrelacionados, que nutren de un modo fecundante y homogéneo nuestro substractum, sin que por ello pueda deducirse que, partiendo de esta raíz común, deban producirse respuestas estereotipadas o reiterativas.

Es evidente que la resolución de sistemas complejos y ricos en estructura y forma (como resulta la concreción formal de un diseño), no puede ser abarcada por un procedimiento analítico exclusivo.

Según L. Whyte, “las leyes de sistemas complejos no están escritas en términos cuantitativos, propiedades de sus elementos constituyentes, sino en términos de propiedades globales y parámetros colectivos”. Es preciso pasar -según estos conceptos- de la clásica ciencia de la simplicidad, a la ciencia de la ordenada complejidad.

Para ello debemos descartar las antiguas oposiciones del humanismo-intuición y tecnología-racionalidad (que sólo conseguirían convertirnos en modernos Tupac-Amaru) y aceptar el movimiento pendular -más exactamente helicoidal- entre estas polaridades, que al involucrar los opuestos, se convierte en principio generador de vida, de horizontes en expansión.

De uno y otro extremo obtendremos bases para una acción más eficiente. Por un lado, a través de los métodos precisos y los instrumentos o máquinas, podremos llegar a simplificar con seguridad, etapas que, de otra manera, serían imposibles de cumplir por el elevado número de variables y factores intervinientes. Así como una pinza da mayor fuerza y seguridad a la tarea que podría efectuar nuestro pulgar e índice, todas las máquinas actúan fundamentalmente como una ampliación de nuestras capacidades físicas, de nuestro propio poder mental.

Por otra parte -y desde el momento en que el diseño sigue un pensamiento de tipo eidético, que se elabora en base a la imaginación- un entrenamiento adecuado, que cree raíces culturales de profundidad, que faculte la comprensión del funcionamiento de grandes pautas estructurales, que estimule el entusiasmo y la imaginación creadora al par que desvanezca prejuicios formales, limpiando la mente para lo imprevisto, habrá conseguido enriquecer nuestro archivo de imágenes y agilizar las articulaciones para multiplicar nuestra capacidad de reacción. De tal manera, el temido salto al vacío; del que habláramos inicialmente, se convierte sólo en una respuesta natural que involucra la auténtica expresión del sujeto ante requisitos definidos.

De esta manera también, estaremos capacitados para aceptar sin preconceptos funcionales o formales, el cuestionamiento fundamental sobre la vigencia o el camino actual de la arquitectura, ya que el desarrollo del conocimiento es, ante todo, una aventura que requiere una preparación de la mente que preserve su limpidez y espontaneidad creativa.

Recuerdo el prólogo de un libro de Slukin, donde en justos términos, se ubica la simbiosis hombre-máquina y el proceso creativo: “Una vez, un monje inventó una máquina que podía probar la existencia de Dios. Cosa inteligente era la máquina, pero más lo era el monje, pues hasta la fecha, no ha habido máquina alguna que inventara un monje que quisiera demostrar cualquier cosa, o concebir la idea de Dios”.

2. EL HOMBRE Y LA CIUDAD

Un solo edificio emplazado en un terreno vacío es experimentado como una obra de arquitectura, pero pongamos una media docena de edificios juntos y un arte diferente de la arquitectura se hace posible. Varias cosas comienzan a suceder en el grupo, que serían imposible para el edificio aislado.

“One building is architecture
two buidings is townscape”
GORDON CULLEN“

Hay tanta humanidad hacinada en esas calles, tantas fricciones, tanto odio, que cerramos las ventanas para no dejar entrar los gritos que persiguen a los oídos y a la mente. Quizá se diga que esto es excesivo. ¿Por qué hemos de enfrentarnos a todas las injusticias de nuestra época simplemente porque vivimos en una gran ciudad? Todo es excesivo en una gran urbe moderna. La naturaleza humana parece más irritable, más exigente, más insatisfecha, más inclinada a la violencia.”

ALFRED KAZIN

2.1 HOMO FABER

Eran los días densos y alucinantes de la edad de piedra. El hombre daba sus primeros pasos cautelosos sobre la tierra y dirigía sus miradas interrogantes, con temor o veneración, hacia sus virgen y misterioso entorno, hacia el cielo, hacia esa poderosa naturaleza en la que estaba inmerso y que por momentos se manifestaba desconocida y aterradora.

El sol y las fuerzas naturales dominaban el mundo. Con despotismo y arbitrariedad exigían una materialización concreta de reverencia a su poderío.

Entonces un Hombre, tratando de aplacar esa incontrolada situación opresiva, levantó el primer menhir sobre la tierra.

El primer menhir, el primer altar, la primera mesa de sacrificios; en una palabra, el primer lugar de diálogo con lo trascendente.

No fue un hombre cualquiera, sino un hombre definido quien alcanzó a entender la necesidad física y espiritual de su tribu; dotó de significado y expresión a la masa de piedra y al espacio donde emplazó la misma; tuvo la fuerza física para desbaratarla usando la herramienta adecuada para tal fin; y coordinó voluntades y esfuerzos de otros hombres para manipular y trasladar la mole, hasta dejarla en una posición prefigurada, clavada para los siglos.

El milagro llenó de júbilo a la comunidad que consiguió, a través de esta novedosa creación física realizada por el hombre (artefacto), un espacio diferenciado - el espacio de Dios- donde se evidenciaba su necesidad de expresión espiritual y la sustancia de su incipiente cultura.

Este hombre singular, de aguda penetración social y sicológica, conocimientos técnicos, intuición creadora, capacidad de coordinación y ejecución, empezó a tener un oficio; quizás ya se le llamó Arquitecto (el que tiene preminencia en construir).

No es arriesgado pensar que cuando el jefe del grupo humano, al igual que el Sol, sintiese la necesidad de que su poder y dominio se concretasen en una expresión visible y permanente, haya llamado al mismo hombre para que construyese su palacio, la plaza o el monumento a sus victorias, su tumba: el espacio del Rey.

Debieron pasar muchos siglos antes de que nuestro personaje fuera llamado para construir el espacio del Hombre, el área de su vida física y de su vida síquica, de su vida individual y de su vida social, en un sentido genérico, la vivienda y la ciudad.

Por esta fabulada retroproyección, hemos llegado a aproximarnos a una suerte de imaginaria génesis del hábitat humano, pero fundamentalmente, a puntualizar los requerimientos siempre presentes para su realización concreta.

En todos los casos, la tarea consiste en segregar por medios finitos una porción del espacio infinito y darle las características de entorno humano que básicamente debe cumplir los siguientes requisitos: satisfacer plenamente las necesidades sicofísicas del usuario, trascender la mera utilidad y expresar la motivación humana que lo generó.

Es decir que en todo hábitat estructurado debieran poder leerse, ligados por múltiples relaciones, la motivación circunstanciada, la intención creativa, el poder evocador de las estructuras y la respuesta emocional del usuario. Es por ese motivo que estructurar un hábitat resulta un proceso delicado de diseño, pues requiere la capacidad de transformar, o dar la forma adecuada, a una materia tan particular como es el espacio.

2.2 “EL PUNTO POR DONDE PASÓ EL HOMBRE, YA NO ESTÁ SOLO” VALLEJOS

Miro este dibujo de Steimberg y paralelo a la tremenda angustia humana que lo trasciende, entiendo a través de él una realidad cotidiana, que el artista detecta expresivamente, pero que pasa muchas veces como absoluta desconocida por la mesa ejecutiva del funcionario o por el estudio del urbanista.

Lo mismo que Steimberg dice con su dibujo, repite César Vallejos: “Y yo te digo; cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó el hombre, ya nos está solo... Una casa viene al mundo no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombre, como una tumba. Sólo que la casa se nutre de vida del hombre mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre; por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida”.

Hombre-casa, comunidad-ciudad, poseen una relación más profunda y generadora que la mera asociación usuario-objeto. La ciudad surge esencialmente como el punto de encuentro de las necesidades del hombre (instinto gregario, protección, comunicación, comercio, etcétera) con el escenario físico adecuado para el cumplimiento de esas necesidades.
Un lugar de la tierra que reserva en forma específica por ser el más bello, el más fértil, el más seguro, por ser alguna manera diferente y esa diferencia responder a los requerimientos del grupo. En ese lugar se organizan paulatinamente las actividades, y este desarrollo va condensándose en una estructura que crece y se renueva en la medida que el hombre plural la necesita.

Estructura y paisaje natural entablan una relación que contempla todos los matices de adaptación o transformación, pero nunca el resultado permanece como algo frío o artificial sino que, por lo contrario, empieza insensiblemente a adquirir un carácter. Por ser resultante de un acto humano, participa del hombre, se impregna de él y adquiere fisonomías diferentes según el hombre sea, piense y crea.

En una instancia más profunda que física el hombre es el conformador de la morfología urbana.

De tal manera, y siguiendo la definición de Levi-Strauss, la ciudad se nos presenta como la cosa humana por excelencia, en donde sus construcciones son, en gran medida, las claves para la comprensión del desarrollo de la comunidad.

La ciudad, leída como una secuencia en el tiempo, nos presenta un muestrario de las decisiones significativas del hombre.

Es evidente que toda ciudad tiene edificios importantes y, sin embargo, aunque parezca paradójico, ésta arquitectura, como hecho autónomo, no constituye la ciudad; a lo sumo estos edificios con valor propio pueden llegar a constituir polarizaciones del interés o modelos que irradian su influencia sobre el entorno.

La ciudad es en cambio un tejido continuo, a veces de materiales no trascendentes pero que de alguna manera generan los canales y recintos donde desliza su vida el usuario común. En este tejido de conexión un edificio arquitectónicamente importante puede llegar a ser solamente el borde de una calle, mientras que otro menos significativo, pero impostado en la trama urbana en una posición singular, puede llegar a constituirse en un acontecimiento urbano, en un lugar memorable donde el espíritu del habitante es requerido de alguna manera.

La ciudad está en sus calles, en sus plazas y en sus rincones; en sus ritmos, en su propaganda, en sus árboles, en todos aquellos lugares donde los objetos inmateriales se han articulado de tal manera que aún se percibe entre ellos la criatura actual o histórica, pero continuamente viva.

2.3 NO MAN’S LAND

Entendida de esta manera, la ciudad no resulta una acumulación de edificios (más o menos importantes), ni tampoco la mera adición de construcciones a través de las distintas épocas, sino que debe interpretársela con un sentido gestáltico, como un organismo constituido por distintos sistemas que se articulan armoniosamente en beneficio de un todo. Si bien cada uno de estos sistemas puede tener su función y carácter propio, el conjunto deberá mantener su fuerza expresiva y calificadora de totalidad integrada.

Esto es lo deseable, pero por lo general la ciudad, como hecho real, presenta un carácter caótico y heterogéneo derivado principalmente de un exceso de iniciativas individuales de sus habitantes, que construyen con absoluta prescindencia del contexto.

Así nuestra utopía de organismo integrado se transforma en una verdadera tierra de nadie, donde personas privadas y organismos públicos compiten a jugar al desencuentro. Surge un problema funcional, y en alguna perdida oficina un anónimo dibujante traza sobre el plano una raya con su lápiz cuya punta -atravesando las indiferentes instancias burocráticas de rigor-, se transforma en una piqueta que arrasa irremediablemente árboles, casas, rincones insustituibles de la ciudad.

La población, por su parte, es absolutamente pasiva y sólo se exalta si tal raya rosa una punta de su propiedad privada, pero permanece indiferente ante la degradación y el atropello del escenario común.

Cada una realiza exclusivamente lo propio y nadie asume la responsabilidad por la resultante general, que con cada nueva intromisión, agrega otro elemento tensional y conflictivo a la desprotegida situación espacial.

Aparece así nuestro espacio urbano, limitado por un muro continuo, concreto, dislocado y amorfo; regido por las leyes del azar en donde toda audacia o inconciencia es permitida. Este “muro de Babel”, que recibe además la carga arbitraria de propaganda y equipamiento, es el que determina las áreas del espacio habitable de una ciudad, el lugar donde la mayoría de sus habitantes permanece gran parte de su tiempo. En una palabra, la propiedad de todos en manos de nadie.

Según Wittek, el hombre separado de la Naturaleza ha demostrado gran capacidad de adaptación a las presiones físicas (ciudad), pero no resulta igualmente fuerte para absorber las presiones síquicas que ésta genera; sufre de urbanitis.

Desde Hipócrates -y tal vez antes- hasta nuestros días, destacados pensadores, filósofos, sicólogos, antropólogos, hombres de ciencia, han tratado de desentrañar los atributos que determinan la naturaleza del hombre y el origen de su conducta. También aquí aparecen netamente definidas posiciones opuestas entre aquellos que colocan al hombre como producto exclusivo de su ambiente y aquellos que lo creen determinado por los factores hereditarios, propios de su especie.

Una actitud contemporánea acorde a un concepto actual de la ciencia permite integrar posiciones aparentemente antagónicas: “ Puede darse por sentado que la actividad de los genes está profundamente influida por la composición de los fluidos celulares, y que estas sustancias difieren cualitativa y cuantitativamente en sus efectos de activación o inhibición.

Una hipótesis general puede ser formulada ahora, explicando el hecho bien establecido de que el ambiente exterior condiciona la manera en la que la dote genética de cada persona se convierte en su realidad individual. Esta hipótesis establece que el ambiente externo afecta constantemente la composición de los fluidos del cuerpo, en parte por la introducción directa de ciertas sustancias en el sistema; en parte afectando la secreción hormonal y otras actividades metabólicas.

Tales cambios en los fluidos del cuerpo alteran el medio intracelular, lo que a su vez afecta la actividad del aparato genético. De esta suerte, las experiencias individuales determinan la medida en la que la dotación genética en convertida en los atributos funcionales que hacen que una persona llegue a ser lo que lo que es y se comporte de una determinada manera.

Estos conceptos quitan toda posible interpretación metafórica a frases como la de W. Churchill; “ Nosotros estructuramos nuestros edificios y luego ellos nos configuran a nosotros”.

El entorno ambiental va introduciéndose definitivamente, a través de vías directas o indirectas, físicas y síquicas, y genera en el hombre una alineación total que lo desarraiga no solamente del medio natural, sino de sus semejantes, al no poder establecer con ellos la relación de armonía que es fundamental para la gratificación del hombre como ser natural y social.

La asombrosa capacidad de adaptación, de la que Wittek, se transforma en una peligrosa arma suicida, porque, en la continua evolución y aceptando los adulterados productos cotidianos, arriesga la destrucción total de los atributos y calidades que caracterizan diferencialmente al hombre de las especies del reino animal.

El hábitat común, confuso, agresivo, vulgar, monótono, el cielo inexistente, el aire viciado, la vegetación perdida, el estruendo, la aglomeración y la soledad, invaden y atacan al cuerpo y al espíritu del habitante urbano, generando toda la gama de problemas y complicaciones que ya parecen haber adquirido el rango de características definitorias del hombre contemporáneo.

2.4 JUICIO A LA CIUDAD

Estos tremendos problemas siempre presentes en las ciudades, y que son denunciados con frecuencia en alarmantes estadísticas, en organismos de salud o asistencia social, en alegatos que diariamente hace el periodismo en sus páginas (y que involucran desde el accidente automovilístico, la delincuencia juvenil, el robo, la violencia, la sexualidad desviada, hasta el crimen) resultan, al parecer, la consecuencia inevitable que genera esa muchedumbre comprimida por un monstruo gigantesco que llamamos ciudad.

Los poetas y escritores con su particular sensibilidad y capacidad expresiva, al igual que los pintores acusan diariamente a la ciudad de la deshumanización y conflictos que invaden a sus habitantes. La ciudad tiene culpa de cuanta miseria y soledad se generan entre sus calles; de las enfermedades que promueve en el cuerpo y el espíritu.

“...la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creímos equivocadamente nuestros...”

2.5 EL RETRATO DE DORIAN GRAY

Sin embargo, el problema puede ser planteado de un modo diverso, y considerar todas esas voces de acusación como una expresión muy cómoda de transferencia de cargos.

Analizado desde este ángulo, es ese ente abstracto que llamamos ciudad quien niega ser responsable de nuestra salud física y espiritual, y a su vez nos acusa por la manera como ella misma es conformada. En efecto, si bien es cierto que la ciudad presenta tal grado de inconvenientes que nos perturban y trastornan, éstos son a su vez provocados por su capacidad de recepción con fidelidad nuestra forma de vida.

En este momento puede darnos un pequeño pero angustiado escalofrío, si concebimos la ciudad como un gigantesco retrato del Dorian Gray que es la colectividad que la habita. Un gigantesco espejo, frío y objetivo, en el cual se materializa nuestro estilo de vida; artificial, urgido, egoísta inhumano.

Rezongamos contra la congestión del tránsito, pero ya no caminamos; y quizá no caminamos porque, como dice Ortega y Gasset, “...en todas las calles del centro sólo se puede ir de un sitio a otro lo más aprisa posible y yo no tengo donde ir ni para qué ir a parte alguna. La calle no me es tránsito sino estadía; la necesito, no para llegar a donde sea, sino para estar mientras voy a ningún sitio.

Nos quejamos de la ausencia de la naturaleza en nuestro entorno, pero al construir, sistemáticamente queda excluida nuestra posibilidad de contacto con ella.

Evidentemente en los últimos tiempos, las estructuras de vida tradicionales han sufrido una fabulosa transformación; el entorno físico que recibe esta antigua forma (con sus relaciones funcionales, su distribución espacial, sus elementos significativos, su escala de valores, etcétera) se ha hecho obsoleto. No obstante, aún aparece presente pero tremendamente corroído y sobrepuesto con las estructuras físicas emergentes que responden a las nuevas formas de vida.

Este proceso de disolución y de aparición de nuestras estructuras físicas está signado por un carácter espontáneo y caótico. En esta caldera de disolución y fermento se agregan miles de objetos heterogéneos, fabricados en masa por la industria, que se ubican sin relación alguna entre ellos y sin que su proceso de fabricación haya intervenido como factor de diseño la determinante de su paisaje o contexto futuro.

Bajo el dominio de rapidez, cantidad, eficacia y economía como factores casi exclusivos de decisión, se abren vías y se destruyen calles, se voltean casa y construyen viviendas, se talan árboles y se lotean paseos, todo con la preocupación primordial de que sea mucho, barato y ligero.

Con respecto a la eficacia, resulta suficiente satisfacer, sólo para el momento presente, una cierta funcionalidad física, “del doman, non c’é certeza”. Se vive al día, sin arraigo hacia el sitio, sin tiempo para existir, sin amor; en una palabra, sin gozar de una relación tan rica y fecunda como es la experiencia vital auténtica del hombre y su medio.

Cuando esta situación se da, no hay culpa ninguna. Causa y efecto es un proceso continuado; si el hombre busca “focos de contacto, conversación y retardos”, la ciudad se los entrega ampliamente, pero el hombre debe a su vez preservarlos si es que quiere encontrarlos cuando los busque.

2.6 DAR LA CARA

Es verdad que esta función de: “conservar elementos para enternecer y exaltar”, “ crear rincones para solicitar el espíritu”, no es tarea simple. Si bien su cumplimiento se concreta por canales específicos, no por ello admite evasión de responsabilidades en ningún miembro de la comunidad, dado que concebimos la ciudad como el producto de la actividad conjunta del grupo humano que la realiza.

Es obvio, sin embargo, que la responsabilidad presenta distintos grados, desde el mayor, en manos del gobierno administrador de los bienes públicos, hasta el del usuario común que toma decisiones en la esfera particular de su patrimonio.

Para el primero, que normalmente define o modifica las subestructuras de una ciudad especial planificación con dimensiones de profundidad y altura, por cuanto cualquier acción no resuelta con perspectivas amplias, consolida irreparablemente los errores o despoja también irreparablemente de rasgos significativo al medio (*M). Su acción se ejerce también a través de leyes u ordenanzas sobre el hacer del usuario común en las que deben acordar armónicamente la libertad individual con el interés colectivo. Esta sutil tarea requiere mentalidad amplia, imaginación, sensibilidad y amor hacia los hombres.

Quizá decir planificación adecuada no basta, dado que el tipo de actividad que se requiere para evidenciar el carácter de una ciudad se aparta sensiblemente del concepto de planificación tradicional, enfocado, por lo general, hacia aspectos principalmente funcionales.

La tarea se aparta también por completo de un enfoque que pretenda la ornamentación o el embellecimiento en sí; la imposición de normas estéticas que doten de pintoresquismo o belleza al entorno, camino por el que muchas veces se desvirtúa esta legítima necesidad. Su función, por lo contrario, consiste en hacer evidente o acentuar una personalidad ya existente aunque poco desarrollada; ayudar a explicar la expresión de un carácter que toda ciudad posee, a partir del reconocimiento, aceptación y jerarquización de los elementos que le son propios. (*N).

La autenticidad de esta expresión se traduce en una emoción que, conviene reiterarlo, no debe proceder desde afuera (como sabroso condimento o hábil truco escenográfico aplicado al entorno) sino emerger de las situaciones existentes aceptadas y elevadas a niveles significativos.

En realidad, podría decirse que este trabajo constituye una nueva actividad, surgida como urgente necesidad contemporánea en relación a la problemática situación actual del hombre en el medio urbano.

Dubos hace referencia a esta realidad cuando dice: “Frases tales como: Edad Clásica, la Edad de la Fe, la Edad de la Razón, o los Tiempos Románticos, pueden no corresponder a realidades históricas, pero transmiten la nostálgica añoranza del género humano por ciertas cualidades de la vida, que mucha gente asocia con el pasado. -En contraste, prosaicamente designamos nuestro propio tiempo como la Edad Atómica, la Era Espacial, la Edad de los Antibióticos, de la Cibernética; en otras palabras, los tiempos de una Era Tecnológica-. Estos fenómenos han merecido diferente acogida entre tecnólogos y humanistas. El único término que ha merecido casi universal aceptación es Edad de la , <\<>Ansiedad>”.

Resulta tremendamente sintomático que de todas las cualidades humanas posibles, sólo la angustia y la ansiedad con todas sus connotaciones de tensión, compulsión, inestabilidad y violencia tenga vigencia tan generalizada como para poder acuñar tal término.

Por otra parte, si analizamos la distribución de la población en casi todos los países del mundo (por ejemplo: Argentina, Brasil y Estados Unidos de Norteamérica, países de enorme extensión territorial y relativamente despoblados con excepción de 1, 2 o 3 conurbaciones gigantescas respectivamente), podemos aceptar que, al hablar de los problemas del hombre contemporáneo, estamos básicamente refiriéndonos al habitante de la ciudad.

Es para ese habitante que administradores y técnicos deben trabajar a fin de permitirle una ajustada y armónica relación entre su entorno ambiental y su propia capacidad y modalidad de apropiación del espacio. Son sus profundas necesidades genéricas y específicas las que deben ser conocidas y satisfechas con el diseño de las nuevas construcciones, y con una calificada preservación de las ya existentes.

Antropología cultural, neurofisiología, percepción, sicología, ethología, proxémica, entre otras, son disciplinas que vienen en auxilio de la formación tradicional del arquitecto, para abarcar con un horizonte más integral la raíz del problema.

De los estudios más recientes de distintos especialistas en las diversas ciencias del hombre, iremos extrayendo observaciones que representan una ampliación de criterio, para aproximarnos al problema de la estructuración y apreciación del ambiente humano.

Este nuevo enfoque se basa fundamentalmente en la indagación sobre la estructura profunda del usuario común, intentando conocer, en lo posible, la génesis de sus reacciones, el funcionamiento y alcance de sus posibilidades orgánicas y la vigencia y perviviencia de los valores culturales y simbólicos de la especie, con el fin de adecuar el producto a diseñar a estas olvidadas y permanentes dimensiones del hombre.

3. HOMBRE Y NATURALEZA

Pretendemos que las relaciones humanas y la comunión con la naturaleza son las fuentes esenciales de felicidad y belleza. No obstante, no titubeamos en degradar nuestro entorno y las asociaciones humanas en beneficio de la eficacia para adquirir poder y riquezas.

Nuestro sentido colectivo de culpa deriva de una conciencia general, de que nuestros elogios de los valores humanos y naturales no son sino hipocresía, desde que seguimos practicando una indiferencia social y convertimos nuestra tierra en un gigantesco basurero.

3.2 EL MONO DESNUDO

Esta suerte de conocimiento global o síntesis integradora que provoca en el hombre una rápida respuesta emocional, emerge de su profunda raigambre con la naturaleza. A través de esa misteriosa y permanente inserción -no importa cuán “civilizado” sea- el hombre juzga apriorísticamente el entorno, encontrándose receptado o alineado según el grado de congruencia que presente lo construido con su estructura natural.

Una suerte de “conocimiento orgánico” le permite juzgar sobrepasando el aspecto material de las cosas, para introducirlo en una realidad diferente, más esencial, con la que pueda entablar relación su yo más profundo casi en el nivel instintivo y visceral de cualquier ejemplar del reino animal.

Esta situación parece querer ser olvidada cada vez más; atrincherado en las portentosas conquistas de la civilización, tecnologías fabulosas, altas especulaciones del pensamiento, complejas estructuras sociales, morales y religiosas, etcétera, nuestro ego encuentra humillante y absurdo cualquier referencia a su pasado atávico. Congruente con tal actitud ha renegado de ser parte de un todo natural con el que vivir armoniosamente, estableciendo, en cambio, el sojuzgamiento y destrucción de la naturaleza para su exclusivo servicio y beneficio.

Este beneficio es meramente exterior, pues el hombre, al separarse de su mundo natural, deja de cumplir con las invariables y profundas necesidades de su ser, generando un estado similar al de un animal apresado en una jaula confortable, si es que de alguna manera una jaula puede llegar a ser confortable.

Las evidencias y constataciones realizadas en distintos campos de la ciencia, a partir de Darwin, ya no permiten albergar dudas serias sobre el origen del hombre. Mucho de lo que conocemos actualmente sobre el hombre, comportamiento de sus sistemas, organización del cerebro, genética, etcétera, y aún conducta y sicología, proviene de estudios realizados en animales; drogas, sueros, hormonas, vacunas, etcétera, que el hombre usa, se extraen, se experimentan o se intercambian con criaturas de las más diversas especies del reino.

Hans Lukas Teber, del M.I.T., considera el cerebro humano como “el objeto más ordenado e intrincado de este rincón del universo” cuya estructura, que llegó al estado actual después de millones de años, ofrece un maravilloso registro del ascenso del ejemplar a través del proceso evolutivo.

“Desde que conocemos cómo las específicas inclinaciones en los animales son afectadas por estímulos exteriores, o bien por procesos espontáneos en sus células nerviosas -escribe Hans Hass- esto puede hacernos entender cómo nuestros propios estados de ánimo son a menudo afectados por el ambiente (otras gentes, cambios de escenario, el estado del tiempo); cómo juegan su rol los procesos interiores de nuestro cuerpo (enfermedad, el proceso fisiológico de menstruación en la mujer, las drogas, los efectos desinhibitorios del alcohol) y cómo algunas veces somos proclives a estados de ánimo que afectan nuestro accionar, sin que seamos capaces de dar una razón concreta para ello.

Muchos comportamientos aparentemente irracionales o inexplicables del hombre pueden hacerse claros si se los interpreta como la reacción instintiva correspondientes a atributos o cualidades que fueron útiles en el desarrollo de la especie, y que aún perviven en forma subconsciente.

Efectivamente, el hombre mantiene vigente en su vida diaria acciones y reacciones que derivan de su génesis, muchas de las cuales son comunes a otras especies. Entre ellas, el INSTINTO de TERRITORIALIDAD -entendido como el comportamiento por el cual un organismo se atribuye una determinada área como propia y la defiende aun contra individuos de su misma especie- es posiblemente uno de los más importantes y difundidos.

La territorialidad se transforma en el espacio mínimo necesario para el cumplimiento acabado del ser y sus acciones. Es el perímetro que brinda seguridad para la defensa o la huida; el entorno familiar que, como una verdadera extensión del organismo, queda demarcado por estímulos o signos sensoriales, específicos para cada especie. Este instinto de territorialidad posee además otras connotaciones, tales como PRIVACIDAD (el lugar para encontrarse con uno mismo, con la propia intimidad), SEGURIDAD (el lugar al abrigo de las inclemencias atmosféricas, de la agresión de los otros), DESCANSO (el lugar de distensión, despreocupación), ORGANIZACION (los lugares para desarrollar las diferentes actividades, esconderse, alimentarse, procrear, jugar, etcétera), y aun de “STATUS” (el lugar de privilegio, el lugar diferenciado que exalta la individualidad).

Parece obvio destacar la adecuación que, para la especie humana, poseen estas manifestaciones, ya que, en el fondo, la conciencia de la individualidad está íntimamente ligada con la definición de sus propios límites. El instinto de territorialidad en el hombre, con todas las connotaciones mencionadas (aunque a veces velado o distorsionado por situaciones de circunstancias), permanece inmutable por ser un elemento estructurante del individuo, una necesidad profunda de la especie.

Relacionados con este instinto emergen de manera natural el sentido de PROPIEDAD, sentido de DOMINACION y de AGRESIVIDAD. Konrad Lorenz, reciente Premio Nobel y fundador de las modernas investigaciones sobre la conducta, a través del estudio realizado en el comportamiento de los animales, aporta fascinantes y perturbadoras observaciones en esta búsqueda de la esencia profunda del ser humano. Para Lorenz, el hombre posee también un innato sentido de EVALUACION ESTETICA basado fundamentalmente en el conocimiento y familiaridad que posee de las proporciones y estructuras del cuerpo humano: lo bello existe por interpretación que nuestras estructuras nerviosas dan a un conjunto de determinados estímulos.

Análogamente y fundamentado en el INSTINTO SOCIAL, que al igual que otros animales ha desarrollado la especie humana, Lorenz adscribe a la primitiva estructura del hombre un SENTIDO MORAL que reacciona ante las violaciones de las pautas innatas que correspondan para satisfacer plenamente el instinto social.

Lorenz apunta también que estos instintos se hallan en etapa de involución, debido a la autodomesticación del hombre, quien se resguarda (tan artificialmente como sus propios animales domésticos) de los estímulos naturales.

Desde luego que en este “Parlamento de instintos” que gobierna la conducta del hombre -como le llama Lorenz- deben figurar también el instinto lúdico, el instinto sexual, el sentido de curiosidad, el instinto de preservación, la nutrición, la necesidad de deambular, etcétera. Para cada uno de ellos, los estudios ethológicos realizados en animales revelan una asombrosa identidad con la conducta innata del hombre; todos ellos se interaccionan en su urgencia de gratificación, surgiendo de esta interacción las más variables modalidades de comportamiento.

En algunos casos uno de ellos asume un rol prioritario, invalidando los estímulos propios de los otros instintos; en otros la satisfacción se logra sólo a través de una serie de actos concomitantes, aunque no necesarios, que producen en el individuo la sensación de un cumplimiento más completo de su necesidad. Como todo acto de la naturaleza, el comportamiento humano revela una riqueza y complejidad abrumadora, en la que resulta muy difícil querer establecer la simple y directa relación 1:1. Por ejemplo: en la relación del hombre con la oscuridad -derivada del sentido de su propia evolución, de la capacidad y alcance de los órganos desarrollados, de las múltiples distorsiones en su percepción visual que la oscuridad genera-, podríamos decir que primariamente le desagrada (miedo-huida) pero paralelamente aparecen también el interés, el misterio, la curiosidad, que generan la reacción opuesta (atracción, avance). Estas necesidades profundas de la especie requieren su satisfacción, porque el no cumplirlas, o cumplirlas parcialmente, genera un indudable sufrimiento físico o mental, sea el individuo consciente o no de ello.

Por tal motivo, la característica y estructura del entorno es de fundamental importancia, ya que éste actúa siempre activando creativamente las potenciales respuestas del organismo; de tal suerte, un ambiente que permita la expresión y desarrollo de necesidades profundas e instintivas genera modalidades de comportamiento positivas, acordes con el instinto social del individuo; por el contrario, cuando estas mismas necesidades deben ser reprimidas o distorsionadas por no ser aceptadas por el ambiente, el instinto de agresión se evidencia, a fin de preservar la unidad y salud del ejemplar, aun contra los miembros de su propia especie.

Recuperar la imagen del hombre como ser natural, con todas sus determinantes viscerales de vida, comportamientos que derivan de ancestrales experiencias de la especie y que se han estructurado en manifestaciones instintivas, resulta de fundamental importancia para comprender el tipo de necesidades que deben ser satisfechas en el hábitat al diseñar.

Estas necesidades no han cambiado significativamente en el hombre (cualquiera que sea su raza o condición) desde los tiempos prehistóricos. El hombre moderno, aun protegido por sus paraísos tecnológicos, continúa tal ligado como “el mono desnudo”, a las primitivas fuerzas de la naturaleza. Todavía sus cambios hormonales y químicos ajustan su actividad y actitud a ciclos naturales: el día y la noche, las estaciones, etcétera; todas las funciones del cuerpo continúan aún fluctuando y acordando con los ritmos del cosmos.

3.3 ADAN FUERA DEL PARAISO

El olvido de esta relación vital y ancestral, entre el hombre y su medio, de esa mutua pertenencia, ha empobrecido la cultura en virtud de una disociación artificial que obstruye importantes canales nutricios para el desarrollo del ser integral.

Sussane Langes dice: "...el Sol interesa demasiado como objeto manantial de energía transformable para que se lo interprete como Dios, como héroe o como símbolo de pasión, puesto que sabemos que dicho astro es realmente el manantial último de que llamamos poder (energía transformable que puede medirse en unidades), asumimos con respecto a él una actitud realista en vez de mítica... en cuanto a la Luna, la vemos en forma demasiada espaciada para que llegue a resultarnos una presencia real... Con mayor frecuencia leemos acerca de sus bellezas de lo que efectivamente conseguimos verlas. La Tierra (que yace desnuda en baldíos o parque de la ciudad) no hace ya germinar vida espontáneamente, como lo hizo para el salvaje.

Sólo nuestros granjeros, una pequeña parte de la humanidad, aún conocen la "madre tierra"; sólo nuestros marinos, porción más reducida todavía, conoce el poderío del mar.

Para la muchedumbre, los antiguos y evidentes símbolos de la naturaleza, se han vuelto figuras literarias y a muchos, esas mismas figuras les resultan estúpidas.

Este individuo ya no conoce la naturaleza, tal como siempre la había conocido el ser humano. Puesto que ha aprendido a valorar los signos por encima de los símbolos, a reprimir sus reacciones emotivas en beneficio de reacciones prácticas y a hacer uso de la naturaleza, en lugar de considerar gran parte de ella como sagrada dicho nombre ha alterado el rostro de la realidad, si acaso no su corazón".

En su atropellada carrera hacia el confort, "lo práctico", lo eficaz, el hombre ha dejado aletargarse su sentido de ser natural; los elementos de la naturaleza han quedado relegados a un mero "stock" de sofisticación utilizables, sin que representen por ello un compromiso estructural con los mismos, ni aún respetar su verdadera esencia.

En esta traición a la naturaleza, que es fundamentalmente es una traición a su propia estructura, el agua, por ejemplo, sólo está presente en una canilla, con propósitos higiénicos, en absurdos estanques (espejos de agua) que como asépticos tubos de ensayo, sólo demuestran la existencia del elemento. Es agua muerta, sin sonido, sin frescura, sin paz.

El pino, la lavanda y el azahar, penetran por la mágica presión de un "spray" que parece ser la única fuente de activación de un sentido casi obsoleto, como es el olfato. El vegetal, cuando no es una "artística" imitación de plástico, termina en la forma de algunas convencionales plantas decorativas de las cuales sólo se solicita su apariencia. La popularidad que los "terrarios" han adquirido como elementos de decoración, en Estados Unidos de Norteamérica y otros países europeos , patentizan con humorística crueldad ese doloroso balbuceo con que el hombre, por medios equivocados, intenta reactivar su diálogo con la naturaleza.

La brisa y el aire no encuentran lugares para manifestarse , la tierra es sólo hollín , no se oye la lluvia, y el cielo es un enorme vacío, que no cabe en nuestra ventana.

No es válida la conformista explicación de que "vivimos en una ciudad" y por consiguiente debemos adecuarnos a sus exigencias. Tokio, una de la ciudades más densamente pobladas del mundo, y muchas ciudades japonesas, no han olvidado, gracias a un auténtico sentido de civilización (tanto a escala colectiva como individual) esta profunda raigambre del hombre en el cosmos, y tanto en la ciudad como en la casa preservan lugares donde esta dimensión pueda sentirse gratificada. De esta suerte, el hombre protegido por su artificial "paraíso de aire acondicionado" se ha olvidado de oír la lluvia o de gozar la fresca sombra de una arboleda; se ha olvidado de que si bien térmicamente es más simple y controlable calentarse con un radiador , el Sol o el fuego dan un tipo de calor que va más allá de la piel.

Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos preguntarnos además qué necesidad existiría para hacer ventanas en una casa, desde el momento que el control ambiental (luz, aire, temperatura) puede ser logrado "eficientemente" por medios mecánicos; y ciertamente, dispositivos adecuados, podrían proyectarnos los paisajes más variados y cambiantes que acordaran con nuestros deseos del momento.

Dejándonos ir por este camino podríamos afirmar que nuestra más eficaz y práctica relación con el entorno, sería una hermética cueva de cemento, dotada de los mecanismos adecuados para su climatización, lo cual no se diferencia muy sustancialmente de la cómoda situación de un faraón en su cámara mortuoria.

Si se tratara de que el hombre hubiese sufrido una modificación total en su estructura, a través del proceso histórico de desarrollo, este abandono de la naturaleza y de sus raíces ancestrales no representaría una disociación negativa; pero es el hecho que sólo existe una represión de sus expresiones emocionales, un abandono de la realidad y de sus fenómenos naturales, con los cuales su relación ha perdido la experiencia inmediata, personal y concreta, que caracterizaba al hombre de otras épocas.

La nostalgia de esa vivencia armónica con el universo que reside en el fondo del ser, es la que empobrece su corazón, limita su creatividad y lo segrega en una seca y abstracta soledad, como si fuera una criatura extraña del mundo natural.

No estamos proponiendo, por cierto, tornar al mundo primitivo, porque "la materia prima de nuestra existencia es distinta de la que una tribu primitiva, o por lo menos es lo que nos hace creer nuestro vano sentido de superioridad. Pero detrás de la fachada externa de la vida funcional, escondida por las manifestaciones superficiales de la vida personal, arde la chispa viva de la humanidad común, y es esta chispa lo que debemos transformar en vívida llama; romper la costra de lo impersonal, de lo nuestro, en la relación con el mundo exterior y nuestros semejantes. Debemos comenzar a entender que solamente somos uno de los innumerables fenómenos del universo (Gutkin).

Entre el espacio social de las tribus primitivas y el de la tribus modernas (que llamamos naciones) no existan diferencias fundamentales; solamente diferencias de escala, de grado y de tiempo. Pero estas diferencias han determinado otra cosa: la destrucción de la estructura social compacta e integrada. Han sustituido lo emocional por lo neutro y la vida se ha hecho impersonal indirecta y anónima.

3.4 RAICES CÓSMICAS

El hombre, como la sicología profunda y la percepción primitiva han demostrado, mantiene sus raíces arcaicas, si bien bajo los controles cada vez más rigurosos que derivan de su percepción superior.

Bajo esa malla de principios conscientes que representa su progreso síquico arrastra aún su prehistoria, con todo el dramatismo de sus pulsiones instintivas y sus conflictos con lo desconocido. Aún mantiene el carácter afectivo de sus percepciones, el lenguaje simbólico y el carácter fisonómico expresivo de las cosas; aún aspira a conservar su relación armónica con el universo luchando contra las fronteras que se levantan y consolidan constantemente y que segregan su yo del mundo natural.

Analizaremos algunas de estas escondidas facetas constituyentes del hombre de siempre, destacando su resonancia en la sique del hombre contemporáneo.

Comenzaremos con el acto tan simple de traducir, a través de sonidos y en forma simbólica, la percepción de la realidad: el lenguaje, que "es más trascendental y misterioso producto de la mente humana, donde se da el libre y acabado uso el simbolismo, el testimonio del pensamiento conceptual articulado" . (Langer)

A través del lenguaje corroboraremos también la disociación existente entre el hombre y su realidad vital, como un germen de confusión y conducta estereotipada.




Texto tomado del libro CIUMANIDAD, DIMENSION HUMANA EN LOS ASENTAMIENTOS URBANOS
Autor: Raúl Bulgheroni
Primera edición diciembre de 1985 Editorial DIANA
pags. 13 a 50

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